La cucheta de arriba

Segundo piso, por la escalera. Un dormitorio que da a la calle, separado de uno que da al fondo y que hace las veces de pasillo para alcanzar el primero. Entramos. Coreana en la parte inferior de la cucheta, italiano en una de las camas, y equipaje desatendido sobre la segunda, Nicolás ocuparía la tercera.

La Coreana no parece interesada en hablar, y el italiano insiste en hacerlo en Inglés, a pesar de entendernos perfectamente, y nosotros a él. Nos cuenta que el pasajero ausente es argentino, y que están viajando juntos desde Budapest. Dejamos las cosas y nos vamos a almorzar.

La primer impresión de Praga consiste en no saber para dónde mirar, que todo es increíblemente lindo, demasiado. En perfectas condiciones, pintadito, prolijo, y sin un checo a la vista. Cuando uno entra a los centros comerciales (recuerden que buscábamos un paraguas) la cosa ya no es tan prolija ni ordenada, y uno empieza a ver a gente normal, comprando cosas normales, baratas, berretas, como en todas partes, y no solamente a turistas procurando tarjetas de memoria para sus cámaras digitales.
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Saliendo del espacio Schengen

A Praha llegamos desde Berlín, por tren, como a casi todos lados. El convoy estaba compuesto principalmente de vagones húngaros, ya que el trayecto completo de su viaje terminaba en Budapest.

Por un azar de las reservaciones de asiento, nos tocó uno de fumadores, cosa que molestó a mi compañero de viaje, especialmente porque el veterano que compartió el asiento con nosotros hasta Dresden no paraba de pitar unos puritos bastante hediondos.

Es probable que la llovizna que nos acompaño, más esas dos cosas, el primer vagón no alemán de la travesía y la fumata aledaña, acentuara la aprehensión que me acompañó todo el trayecto.

Pongámonos en perspectiva, hacía menos de diez días que habíamos salido de casa, y acabábamos de acostumbrarnos a Alemania, el alemán, los euros, y especialmente, a nuestra condición de viajantes. La idea, entonces, de ir a una ciudad dónde se hablaba un idioma completamente desconocido, donde deberíamos manejar una moneda distinta y por sobre todas las cosas, donde debíamos interactuar con gente que imaginábamos con ganas de ventajearnos (aún a sabiendas de nuestros prejuicios) me resultaba muy poco atractiva. Aún así deseaba ir a la República Checa, precisamente por todo eso.
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