When in Buenos Aires

Bife de chorizo, ensalada rusa y copa de vino

Venir a Buenos Aires desde Montevideo por barco siempre se siente un poco mágico. Esta vez manejamos hasta Colonia con Ani y los niños, nos subimos al barco y en un pis pas llegamos a este hotel del microcentro donde estoy ahora. Ellos se fueron a visitar parientes durante el día y yo me quedé trabajando.

Justo antes de que arranquen mis llamadas de laburo vespertinas me crucé a un tourist trap y me clavé medio bife de chorizo con rusa y una copa de vino. Algo que debería llamarse «Combo 1 porteño».

El bar estaba medio vacío cuando llegué a las doce y media pero se fue llenando de turistas brasileros y algunos grupos de oficinistas despidiendo el año. Los mozos se decepcionaron al darse cuenta de que no estaban tratando con un gringo pero me atendieron maravillosamente para los estándares montevideanos. Obvio que ignoraron el punto de cocción de la carne que les indiqué -porque me preguntaron, no se me había ocurrido especificar uno de forma voluntaria- y a pesar de es fue un gran bife de chorizo.

Nos quedaremos hasta el viernes. Esta noche sacaré a cenar a unos clientes a Anchoíta porque me prometieron que son capaces de conseguir una mesa si mi empleador pone la tarjeta de crédito.

Luego les cuento.

Pensar en posts

Ayer en la mitad de la noche me desvelé un rato. Por suerte no tardé en conciliar el sueño de nuevo, pero ese ratito me la pasé pensando en posts de blog. Hacía mucho que no me pasaba eso. Era algo muy común cuando escribía acá o consumía contenido principalmente escrito en prosa de más de 140 caracteres.

A la mañana, cuando me preparaba para ir a hacer gimnasia con la casa en silencio, seguí pensando así, en prosa.

Por ejemplo, conecté la última entrada de Amadeo en su boletín, donde habla entre otras cosas sobre la ironía en la crítica cultural y en el arte de la generación X, con este artículo de hace unos meses de David Remnick en TNY donde de alguna forma se lamentaba de que la crítica musical actual se ha vuelto demasiado blanda.

Nada demasiado raro pero lo que me extraño fue encontrarme pensando así (y parafraseo lo que recuerdo ahora al final del día):

Amadeo dice que las múltiples capas de ironía de Pavement son un mecanismo de protección para un alma rota y extiende esa herida a toda mi generación. Citando a DFW como contrapunto se pregunta si la maquinaria de la industria musical del momento, que -agrego yo- estaba en su cumbre y a punto de desmoronarse, no era un toque demasiado cruel y por eso le costaba tanto a esa gente tomarse en serio, porque tomarse en serio era aplastante. Con esta idea se puede reinterpretar el punto de Remnick. Tal vez la crítica sí le hizo caso a DFW y se volvió más empática, especialmente mientras los mecanismos de distribución de la música se volvían a la vez más competitivos y explotadores del talento emergente (pienso acá en la dinámica actual de la viralidad como única forma de pegarla)

Es un ejemplo. Juro que en mi cabeza se escuchaba más o menos así.

Lo que hice entonces es lo único que sé hacer cuando pienso en posts, que es venir acá y vomitarlo. Me quedé, además colgado con la idea de tomarse en serio. Yo me tomé muy en serio este blog por momentos y ahora que no tengo ni quiero otro canal para decir boludeces en público, quiero volver acá a tomar todo menos en serio. Igual esto que escribo solo va a servir para entrenar un LLM y que lo lean tres amigos y mis hijos cuando lo descubran.

RI

Casita en Rhode Island

Las carreteras de Rhode Island parecen ser algo sobredimensionadas para el tráfico de fin del verano. Eso sin contar la interestatal 95 que era un estacionamiento de cientos de kilómetros.

Detrás del matorral que se ve a la izquierda de la entrada a la casita donde nos quedamos este último Labor Day Weekend está la ventana del living. Me gustó ese recurso de paisajismo y se lo robaré para darle privacidad sin sacarle luz a nuestra casita en La Barra.

19

Diecinueve años. Mi sobrino tiene diecinueve, este sitio cumple hoy diecinueve años. Me lo recuerda como siempre el correo con las actividades del día que me envía el calendario de google a las cinco de la mañana.

Este cumpleaños me agarra en un La Colombe en South Boston; vine a visitar un cliente de mi actual empleador. Ahora estoy terminando de desayunar y procrastino ponerme a trabajar en las reuniones de la semana.

Cuando venía a este barrio por trabajo, hace cinco o seis años, no había mucha cosa. Este es el clásico cuento de la reingeniería urbana de un área portuaria en condominios de lujo y cafeterías de lattes de ocho dólares. Solo falta la sucursal de Aesop que sospecho no tardará en aparecer.

Hace unos cinco o seis años mudé el sitio de donde estaba a AWS y le puse una de estas versiones de WordPress que se actualizan solas. Entonces cada vez que entro al administrador de El Abra me siento bastante perdido, como visitando un barrio que cambió mucho depués de que te mudaste: familiar pero completamente nuevo.

La semana pasada volviendo de entrenar tuve un rato de lucidez y se me ocurrió escribir acá sobre lo equivocado de esta crítica a Whiplash, película que había visto un par de días antes. Whiplash no es sobre Jazz -es sobre el parricidio adolescente-, y los que no entienden el Jazz como lo siente el articulista no es el director si no los personajes, esa es una de las claves de la película.

Le comenté a Analía que ese tema pega bastante con este blog por aquel post sobre la monocultura popular de los ochentas y noventas en Uruguay causada por la falta de la TV cable o internet. Un post que innauguró mi voz literaria en este antro.

En el 2023 no me resulta descabellado tener un diálogo con un artículo de crítica cultural publicado hace una década. Eso me parece un fenómeno relativamente nuevo pero que está tomando bastante fuerza también en la prensa. La New Yorker me manda los domingos una newsletter ostensiblemente para refritar su archivo pero que generalmente dialoga con él.

Ese experimento no siempre sale bien. Hace un par de semanas leí este artículo donde un flaco que creció en Cobble Hill en los noventas dialoga con otra historia de 1977 que relata la invención de ese barrio de Brooklyn por un par de gentrificadores blancos. Este chico intenta ser a la vez empático con la generación de sus padres -esos gentrificadores-, crítico con la gentrificación en general, y a la vez hacer un proto-perfil de autor del artículo de los setentas.

No le sale nada bien ese menjunje y el artículo se queda a medias entre un ensayo personal á la 2000s (ver cualquier cosa de la n+1) y un artículo clásico de la New Yorker.

A veces es difícil volver al barrio después de veinte años y poder describirlo con lucidez.

Seguiremos intentando.

46

Al filo de cumplir 46 años creo entender la esencia de esta década: los cuarentas son para mi el final de la sensación de omnipotencia que tuve durante mis treintas.

No me refiero a sentir impotencia. Yo siento que el mundo está a mis pies todavía, incluso más que antes. Ahora tengo la experiencia, el privilegio de la edad, plata, contactos, una pareja que amo, hijes que me inspiran todos los días, ideas interesantes y un cuerpo que todavía me sorprende gratamente con las cosas que puedo hacer en este mundo.

La omnipotencia de la que hablo es la ilusión de que la única limitante para mis proyectos fueran mis ideas y deseos. Hace diez años no se me ocurrían cosas para hacer que a la vez me motivaran lo suficiente para entregármeles. Ahora me pasa lo opuesto: estoy haciendo demasiadas cosas deliberadamente y todas a medias.

Esa omnipotencia tampoco era cómoda. La ansiedad galopante de mis treintas radicaba en un FOMO horrible. En la certeza de estar desperdiciando mi vida sin saber qué hacer con mi potencial.

Ahora tengo una idea bastante clara de qué hacer con mi potencial y eso me tiene mucho más tranquilo y enfocado. El problema ahora es poder priorizar. ¿Cómo carajo se tiene una vida intelectual, creativa, profesional, familiar, de pareja, social, introspectiva y físicamente activa en un mes de 720 horas?

Por ahora la respuesta es ir priorizando de a épocas. Por ejemplo este mes no hice casi deporte y el mes pasado no vi a nadie fuera de mi familia, el mes que viene supongo que no leeré ni una novela y todo así. 

Lo bueno de los cuarenta, entonces, es que al disminuir la ansiedad desesperante de los omnipotente treintas me puedo dar permiso de poner cosas en pausa sin miedo a abandonarlas del todo. 

En suma: ahora me tengo un poco más de paciencia.

Cripto

El argumento fallido de los proponentes de la criptoilusión es creer que las normas son precursoras de las actividades sociales: si tan solo podemos sacar del medio a los organismos reguladores como bancos centrales (criptomonedas) y judiciales (criptocontratos) entonces todos seremos más libres y felices, saldrá chocolate de nuestras canillas.

Ese mismo argumento, sin embargo, es el que hará triunfar a al menos una parte de esta criptomanía. Las normas siguen a las sociedades. Si una masa crítica de gente poderosa adopta esta tecnología inane, su poder lo volverá norma: los inversores con plata en criptobienes van a defender la legitimidad de su valor con uñas y dientes.

Esta tecnología es innecesaria, dañina y reproductora del sistema injusto en el que vivimos. Por eso mismo va a volverse inevitable.

La Samaritaine

En 2005 dejé mi trabajo y me fui de viaje. Pasé por París y un par de meses más tarde compré en un kiosco de Manhattan una New Yorker. La compré por curiosidad. Había leído alguna cosa suelta linkeada por Kottke, a quien leía regularmente por aquel tiempo e inspiró este blog.

Recuerdo que a pesar de mis expectativas no le encontré mucha gracia. Los «Goings on about town» no estaban pensados para mi y los artículos eran densos como para leer en un parque. Yo no era el público objetivo de la revista en aquel entonces.

Guardé la copia de la revista entre muchos mementos y la terminé leyendo toda durante el resto del 2005. En algún lugar, sospecho que ya de vuelta en Montevideo, me topé en la página 56 con este texto de Adam Gopnik sobre París. Un texto que me hizo entender mucho más al París que había visitado hacía unos meses pero mucho más importante me hizo entender de qué se trataba la revista.

Hace unos días me enteré de que la tienda «La Samaritaine» reabrió sus puertas después de estar cerrada desde 2005 y en seguida me acordé del artículo, de París en 2005 y mi descubrimiento del periodismo y de la crítica cultural.

Releyendo el texto es fácil ver por qué me llamó tanto la atención: ese texto es ejemplar de un género nuevo para el Javier de 2005. Una mezcla de noticias, historia, opinión y crítica. Un artículo perfectamente representativo del estilo de la New Yorker contemporánea.

Creep

Hace once años que vivo fuera de Uruguay y ya estoy bien acomodado en el rol de expatriado. No me siento raro cuando vuelvo de visita ni me agendo millones de asados para ver gente por cinco minutos. Tampoco extraño la comida o la playa. Me sigue faltando la cercanía de la familia y los amigos pero también hice las pases con eso y tengo una relación saludable con extrañar afectos, le pude encontrar la vuelta.

Hace tanto de esa primera partida que tampoco me extraño a mi mismo en Uruguay. Es que ya no tengo nada que ver con la persona que se fue y la nostalgia que siento sobre Uruguay de vez en cuando es la misma que sentiría estando allá. Creo. No es que uno tenga grupo de control para validad teorías.

Lo que me sigo preguntando de vez en cuando es qué estoy haciendo acá. ¿Por qué vivo en NYC? ¿Qué me motiva vivir lejos de la familia extendida de mi hija? ¿Hay una razón por la que no quiera volver a Montevideo? ¿Quiero volver a Montevideo? ¿Estoy acá por inercia o porque es lo que quiero hacer? La lista sigue y no me importa detenerme en las respuestas porque cambian todo el tiempo. Cada vez que me meto por ese camino introspectivo lo único que tengo claro es que si me mudo a Uruguay todas esas preguntas van a seguir persiguiéndome.

Al fin y al cabo uno siempre está eligiendo hacer lo que hace y vivir lo que vive (white people problems, I know). Usted, querido lector, está eligiendo por omisión vivir en su ciudad cada día que no se muda. El haber emigrado simplemente me ayuda a recordar de vez en cuando que estoy viviendo la vida que me gusta. Que estoy un cachito más cerca de la felicidad.