Se despertó una vez más. Aún faltaban varias horas para que fuera sensato levantarse, además de precisar al menos una hora más de sueño, despertaría al resto, si es que no sufrían del mismo insomnio que él. Siempre le costaba dormir durante la noche previa a estas cosas.
La ansiedad le jugaba las trampas de siempre con la percepción del tiempo. A pesar que la noche se le hacía eterna y llena de sobresaltos, estaba confiado que el descanso, por más breve y salteado que pareciera, terminaría bastando. Su lucidez del día siguiente así se lo indicaba en cada oportunidad.
Le llamaron, pero estaba ya despierto hacía unos dos minutos. Se dio cuenta que había pasado bastante tiempo desde su último período de vigilia solamente por el olor a café que emanaba de la cocina. Todavía no amanecía.
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