Archive for the ‘Secuencias de palabras’ Category.

Viento norte

El terral que soplaba esa tarde les traía desde el barcito playero y de forma intermitente, una balada melosa que bien podría ser de Drexler como de Jack Johnson.

Ellos, sentados en la arena eran parte y a la vez espectadores de la dinámica que se desenvolvía a su alrededor. Reconstruían la noche anterior, miraban a la gente y decidían si comprar o no las empanadas vegetarianas para matar el hambre, o un agua para paliar el efecto del despiadado sol de enero. Nunca se acordaban de agarrar suficiente plata antes de salir.

l estaba incómodo. No había logrado persuadir a sus amigos de sentarse más cerca del mar, tenía calor y algo de resaca, pero sobre todo, su incomodidad estaba asociada con la gente que lo rodeaba.

No es que se sintiera incómodo con sus compañeros de campamento. Es verdad que no tenía confianza más que con uno o dos, y que a veces necesitara estar solo tanto como ir a mojarse en el mar en aquel momento. Pero lo que lo perturbaba era otra cosa. Continue reading ‘Viento norte’ »

Violenta polución sonora (y consecuencia)

voy deleitándome con música suave en mis oídos.

salgo a la calle y aumento el volumen por los fuertes sonidos externos que me perturban.

subo a un ómnibus y el ruido no se detiene, se incrementa. un ómnibus enorme, con el motor y viejas chapas repiqueteando a gran amplitud. el conductor resulta fanático de una radio en que hablan y hablan y hablan sin parar de decir boludeces. él cree que todos los pasajeros quieren escucharlo a máxima potencia. los parlantes se repiten aturdiendo gente a lo largo del bondi.

intento evadirlo subiendo mi música un poquito más. me dan ganas de bajarme pero me aguanto. ahí sube un vendedor ambulante que ofrece caramelos a viva voz, con los pulmones llenos de sabores dulces, una variedad interminable.

siento la bronca tiritar en mi interior mientras incentivo más los adminículos en mis orejas, pero no es suficiente.

en ese momento en el asiento atrás de mí se coloca una pareja discutiendo aparentemente un comportamiento equivocado de él. ella muy nerviosa grita en una frecuencia que me pestañea el ojo derecho. la situación se torna insoportable. desde afuera también se escuchan fuertes bocinazos. irrumpe un poderoso chirrido de goma contra el asfalto. se abren las puertas con un golpe, y el guarda, los pasajeros, y ofuscados desconocidos conductores intercambian puteadas a diestra y sinestra.

en un mar de rabia y confusión atino nuevamente a aumentar los auriculares y me explota la cabeza, provocando un sonido impresionante que yo no logro escuchar.

ya tampoco escucho el grito aterrado de las mujeres a mi alrededor.

entonces suspiro aliviado a través del agujero que me quedó entre los hombros.

ahora todo es silencio. y paz.

En papel amarillito

Hace tiempo le dije en un comentario a Diego de Montevideano, que lo que leen en el blog, lo escribo siempre pensando en el blog, que no refrito otros textos, incluso la mayoría de las fotos del flog, en cierto sentido fueron tomadas pensando en el flog.
El otro dia escribí lo que transcribo abajo, en mi ahora (desde Münster) inseparable libreta negra, y lo escribí porque lo precisaba, no para ponerlo acá.

16-10-05 – Hamaca @ Casa – Sol – LHM – Café y Rayuela
(que grafos de mierda)

Escribir interfiere. Leer y vivir exitan, generan, crean. El registrar todo eso en palabras corta, lastima ese proceso, destruyéndolo, pero esa destrucción me es indispensable para no sentirlo vacío, para no sentirme ¿solo? cuando hago una pausa en la lectura, en la vida.

Sin embargo, luego, leyendo creo que a sigmur, o mejor dicho, los comentarios a un post de él, me di cuenta que las discusiones por escrito atemperan ese sentimiento, devolviendole a la dinámica lectura/escritura la condición de vivir sin detenerse, exactamente igual que discutir con amigos horas y horas entre cigarrillos y weissbier.

“We love surfers”

Escondido detrás de los movimientos reflejos de encender un cigarrillo, lo observé estudiar mi expresión al hacerlo. Era raro sentirme el centro de una mirada, después de tantos días de interactuar con gente sólamente por razones sumarias. Seguramente en unos instantes vendría a decirme algo, es muy raro que alguien mantenga contacto visual porquesí en aquel lugar.

No le di tiempo, me había detenido en esa esquina solamente para eso, por lo que continué mi camino hacia la plaza. Era ahí donde quería sentarme a fumar aquel incómodo sin filtro, escuchando al contrabajista y mirando pasar la gente.

La gente, y bueno, tal vez la temperatura del aire, era casi lo único que me atraía de manhattan por las noches. Los yanquis, a diferencia de nosotros y los europeos, no iluminan cosméticamente a los edificios, por lo que el protagonismo recae en los actores, dado el involuntario minimalismo de la escenografía.

Después de unos 15 minutos, y de una extraña y breve conversación con un negro obeso que me pidió unos dólares para comprar su medicina contra el sida, luego de decirme que a pesar de parecerle “straight” le parecía “cute”, y de que el cantante terminara todas sus botellitas de agua, enfundara su contrabajo y se fuera a casa con sus, calculo que 50 dólares, desandé mis pasos y volví a intentar perderme entre las callecitas del Village, sin suerte.
Es casi imposible perderse en ese damero.

El ambiente era interesante. El semestre estaba por empezar y todos los estudiantes de la omnipresente NYU se reencontraban con amigos y lugares, aprovechando el calor que tanto echarán de menos en unos meses. Extrañamente no me sentí ajeno a ese humor colectivo. A pesar de que estaba participando simplemente como observador, y que dentro de 24 horas estaría ya rumbo a casa, la sensación de outsider que me asaltó por momentos, y siempre de improviso, me dio una tregua esa noche.

“We love surfers” escuché que decían, un segundo antes de entender que me lo decían a mi, con el objetivo de persuadirme de asistir a un student stand up commedy show, two drinks minimun, just one block away, begins in thirty minutes. Luego reparé en mi remera, y entendí por donde venía. Tomé el flyer y seguí caminando.

Esa noche no tomé el subte hasta chelsea. Caminé, vi como desaparecían primero los estudiantes, luego la gente, para, al cruzar una calle, la 16 calculo, encontrar a todos esos restaurantes atiborrados de gente y los pubs gay desbordantes de alegres parroquianos, hasta llegar al hostel, conversar por última vez con el último par de recién conocidos room mates (koreano y japonés, esta vez) y dormir la última noche en manhattan.

La única en que me costó conciliar el sueño de las 70 del viaje.

Alba

Se despertó una vez más. Aún faltaban varias horas para que fuera sensato levantarse, además de precisar al menos una hora más de sueño, despertaría al resto, si es que no sufrían del mismo insomnio que él. Siempre le costaba dormir durante la noche previa a estas cosas.

La ansiedad le jugaba las trampas de siempre con la percepción del tiempo. A pesar que la noche se le hacía eterna y llena de sobresaltos, estaba confiado que el descanso, por más breve y salteado que pareciera, terminaría bastando. Su lucidez del día siguiente así se lo indicaba en cada oportunidad.

Le llamaron, pero estaba ya despierto hacía unos dos minutos. Se dio cuenta que había pasado bastante tiempo desde su último período de vigilia solamente por el olor a café que emanaba de la cocina. Todavía no amanecía.
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Arena fria

Se vistió en la carpa, solo. Sus amigos ya no estaban cuando volvió de la playa, a donde había ido a darse el último baño de la tarde mientras el resto jugaba al fútbol. Nadar luego de la puesta de sol era una de sus actividades favoritas, de esas que definen el verano.

Cuando llegó al carrito de todas las noches, lo estaban esperando con una cerveza, y la discusión acerca de los planes para el siguiente día. Él se mantuvo al margen, como hacía siempre que no se esgrimiera ningún argumento controversial y el resultado de la conversación le fuera indiferente Tenía otras cosas en que pensar, y lo hacía. Para eso estaba de vacaciones.
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18:03:52

Estuvo todo el día gris. No se veía ni un color. Caía una llovizna cada tanto.

Estuve todo el día buscando las palabras adecuadas para poner en el mail. Otra vez en la misma. Cansado de escuchar a mis amigos quejarse y decirme que abandonara. Yo sabía que ya había sido suficiente. Pero la ilusión me cegaba, me nublaba la determinación, y este corazón obstinado parecía tener dominio absoluto sobre mí. 30 años y nunca había sentido así. Tenía que valer la pena.

Me fui a esa hora especial. Con la esperanza de encontrarla y que todo fuera soñado. Ya estábamos pasados de mail. Era bueno poder concretar el encuentro personalmente.

La casualidad generada, esa que tan increíblemente funcionó y me torturó en tantas oportunidades y en tantos distintos lugares durante los últimos meses, volvió a funcionar. El ascensor paró en el 7. Subiendo. Demoró varios segundos, y continuó hasta el 10. Ahí esperaba yo con Rock n’Roll de Led Zeppelin a todo trapo. La puerta se abrió y vi lo que yo ya sabía. Ella parada en el medio y algunas personas más. Dije hola, previo abatatamiento instantáneo. Bajé mirando el piso, marcando el paso con el pie. Sonriendo porque otra vez había funcionado. La conexión es indiscutible.

Abajo marqué la salida y salí. Pero ella se quedó adentro. Esperé. La noté nerviosa. Al fin decidió salir. Yo no oculté que la iba a encarar. Ella ya sabía. Antes que nada dijo algo que no entendí. Pero cortándome, con los ojos me pedía por favor que me fuera. Ahí no sé qué fue primero. Pero intenté mostrar la intención de vernos el fin de semana, cosa que ella sabía perfectamente que iba a hacer. Y repitió ahora más claro. “Me lleva mi jefe”. Inmediatamente apareció él y yo terminé de entender la situación. Entonces, sintiéndome de la forma más estúpida de todas las veces que me sentí estúpido a su lado, dije bueno, hablamos después. Y me fui caminando bajo la lluvia.

Ahora veo el mar desde el D1 y mis lágrimas saben a sal. Terminó de oscurecer. Ya no llueve. La rambla se ve mojada. Los botes y el reflejo de las luces del puertito a través de la niebla forman una postal inolvidable. Johnny Cash me canta One en los oídos. Cómo duele.

Sigue esa detestable ilusión peleando por hacerse oír. Tal vez mañana me manda un mail. Disculpándose y pidiendo para verme. Pero esta vez tiene que ser definitivo. Tengo que despertarme. Tengo que quererme un poquito más.

¡Che!, sigamos por acá

Hay caminos que no deben emprenderse por tentadores que sean. Hay caminos que no pueden emprenderse, porque merecen ser transitados hasta el fin. Esos caminos solamente hay que seguirlos, si se tiene la convicción de no mirar atrás una vez comenzado el recorrido, si se es capaz de abandonar definitivamente todo lo que uno ya ha dejado atrás.

En cambio hay otros rumbos que por poco plausible que nos parezca la idea tomarlos, es seguro que algún día lo haremos. Por ahí uno se olvida, o pretende olvidarse, y levanta la vista al horizonte con la esperanza de que cuando llegue la encrucijada, se nos pase inadvertidamente y ya nos sea imposible desviarnos hacia ese destino incierto, pero inexorable. Sin embargo, en cuanto nos cansamos de ese espejismo que es el futuro, caemos en la cuenta de que el momento de tomar la decisión sigue aproximándose, paso tras paso.

El problema es cuando esas dos metáforas hablan de exactamente lo mismo, y uno abriga la certeza de que se internará en uno de esos senderos, de los que sabe deben seguirse hasta que se terminan, sin importar lo duros que sean.
Pero no sabe cuando, y no sabe cual será.

O si, lo sabe.

Drunken phrasal verbs

start up
go public
fuck on
get off
fuck off
move on

El paraguas en el taxi

Eran las seis de la tarde, o seis y media, no recuerdo exactamente. Lo que es seguro es que había llegado unos minutos antes de lo que habíamos quedado, cosa que me dio la chance de sentarme en la barra y tomar un whisky mientras te esperaba para cenar. Mientras pensaba en que decirte, o mejor dicho, en como decírtelo, me dediqué a disfrutar del clima de aquel sitio. Hace tiempo que no íbamos a un lugar como ese, y tal vez por eso debíamos hacerlo esa noche.

La madera oscura de las paredes absorbía, más que reflejaba, los últimos reflejos ámbar de la luz de otoño que entraba por las ventanas, pero que ya había visitado las del edificio de enfrente, ganando así unos tonos violáceos que delataban lo urbano de aquel atardecer. El pavimento aún mojado por la lluvia que había ambientado el resto del día, incrementaba la sensación de luminosidad, inusual para esa hora de la tarde.La gente hablaba bajo, probablemente para escuchar el piano y esa voz ronca con la que la morocha espesaba el jazz que bañaba el lounge del bar. Todos parecían tranquilos, aunque seguramente pocos lo estuvieran realmente. La paz interior no es fácil de mantener en esta ciudad, y setiembre no es un mes sencillo para nadie. Especialmente cuando el ya inminente fin de año no significa verano y vacaciones, sino nieve y cierres de año fiscal.

El Mâitre’d interrumpió mi inusual aperitivo, según la costumbre yanqui, para avisarme que la mesa estaba pronta, miré la hora y vi que ya deberías haber llegado. Supuse, correctamente, que te habría retrasado el tránsito. Mis recomendaciones de no tomar un taxi a la hora pico nunca tuvieron efecto en vos. A pesar de vivir hace más de cinco años en la isla, no te acostumbrabas a tomar el subte cuando ibas bien arreglada. Ese era tal vez el único rasgo pueblerino que conservabas. Sonreí solo, detrás de toda tu sofisticación seguías siendo la misma. Ya sabía lo que iba a decirte.